Torrente más torrente que nunca. Torrente desatado. Torrente como un torrente -- de aguas fecales -- . Tras cinco películas y casi tres décadas en el candelero, regresa el personaje creado por Santiago Segura, probablemente el que mejor ha satirizado la España de la crisis económica y la cultura del pelotazo. Un personaje -no confundir nunca con la persona de Segura- machista, racista, nostálgico del franquismo, vago y miserable hasta decir basta. Aquí Torrente sigue cumpliendo con su deber: revolcarse en el barro y, de paso, revolcarnos a todos con él. Esta vez con el horizonte político como objetivo. De Torrente presidente se sale un poco más sucio de lo que se entra. Supongo que ese es el plan.
Ni que decir tiene que la sexta entrega de la saga cumple lo que promete. Es cierto que aparca buena parte de los chistes machistas -- difícilmente presentables en tiempos del #MeToo -- y se instala en lo más escatológico de la política española. El resultado es una imagen grotesca y esperpéntica. Una sátira sin piedad. Y también sin conciencia. Hasta que llega un momento en que ese retrato deformado de la realidad empieza a cansar. Segura es un hombre de ingenio -dicen también que de genio- pero llega un momento en que las continuas ocurrencias empiezan a caerte encima como cagadas de paloma. El umbral del humor, al fin y al cabo, va por barrios. También por barrios ideológicos. Lo cierto es que no queda títere con cabeza. Aunque al final uno ya no sabe muy bien por qué Segura ha cortado tantas cabezas. No se casa con nadie. Ni siquiera consigo mismo.
Eso marca una diferencia con la vieja tradición de la comedia italiana de los sesenta, en la que tanto se ha inspirado el propio Segura, el rey -español- de la comedia popular. A las recaudaciones de sus películas me remito. Volvamos al cine italiano: en aquellas películas dirigidas por cineastas como Dino Risi o Ettore Scola, los personajes eran ridículos, egoístas o cobardes. Pero había casi siempre un momento de conciencia. El personaje -- quien fuera -- percibía, aunque solo fuera un instante, su propia mezquindad. O su fracaso moral. Torrente no. El personaje carece de autoconciencia. Y aquí aún menos.
Hay que decir, también, que Torrente ha regresado de tapadillo, sin los habituales pases previos para la crítica. Primera sesión pública de 'Torrente presidente' en el Verdi de Gràcia. Sobre las once de la mañana de hoy. Una quincena de personas en la sala. Casi todos de servicio informativo. Menos Sergi Pàmies, que asegura estar allí por gusto. Aunque sospecho que también por pura curiosidad. Entre los colegas, muy pocas risas durante la proyección. Al final, poco da para reír este retrato esperpéntico de cierta realidad. A mí acaba por retorcerme el estómago. Me siento al lado de dos personas -- digamos Manolo y Pepe, nombres inventados a petición propia -- que, en contra del silencio general, celebran todas y cada una de las ocurrencias de Segura. Al salir hablo con ellos.
-- "Menos Puigdemont, aquí está todo, macho" -me dice uno. Lleva demasiado tiempo sin empleo.
-- "Esto es el telediario"- añade el otro, en baja laboral.
Mientras los dejo hablando con el colega de RAC1, me quedo pensando en ello. Sí. Algo de eso hay. Pero lo que propone 'Torrente presidente' no es exactamente el telediario. Es su caricatura. Un informativo pasado por el filtro del esperpento. Un telediario deformado. Y, como el propio Torrente -insisto, que no hablo de Segura- completamente desprovisto de conciencia.
Fuente: LaVanguardia