España vuelve a tropezar con la misma piedra. La transposición de la Directiva (UE) 2023/2413 sobre renovables no solo llega tarde, sino que además se está haciendo de forma selectiva. El Gobierno ha optado por incorporar con rapidez aquellos elementos que encajan ... con su agenda política inmediata, mientras deja fuera otros igualmente obligatorios y decisivos para acelerar el despliegue energético. No es un retraso técnico: es una decisión política.

El Real Decreto-ley 7/2026 es un buen ejemplo de esta "transposición a la carta". El Ejecutivo ha incorporado algunas disposiciones centradas en las zonas de aceleración renovable y ha justificado su urgencia por el retraso acumulado. Sin embargo, esa urgencia desaparece cuando se trata de aplicar otros preceptos igualmente vinculantes, cuyo plazo de transposición venció en julio de 2024.

La omisión más relevante es la del principio de "interés público superior" para los proyectos de renovables, almacenamiento y sus infraestructuras de conexión. Este mecanismo, recogido en el artículo 16.f de la Directiva, es clave para agilizar la tramitación, reducir la litigiosidad y dotar de seguridad jurídica a las inversiones. Es, en definitiva, una herramienta esencial para evitar que la transición energética quede atrapada en la burocracia.

El sector energético lo ha entendido mejor que el propio Ejecutivo. Organizaciones, como la Asociación Empresarial Eólica, han pedido expresamente su incorporación, subrayando su utilidad para simplificar permisos y evitar dilaciones. Ignorar esta demanda no solo retrasa proyectos, sino que envía una señal de incertidumbre a quienes deben invertir miles de millones en infraestructuras clave.

La incoherencia no termina ahí. Mientras el Gobierno omite obligaciones ya vigentes del derecho europeo, no duda en apoyarse en propuestas legislativas aún en fase embrionaria en Bruselas para justificar nuevas cargas al sector. Es el caso del denominado Paquete Europeo de Redes, cuyo contenido final ni siquiera está cerrado, pero que ya se utiliza como argumento para exigir a los productores que trasladen parte de sus beneficios a las comunidades locales.

El contraste es evidente: se ignora una norma europea en vigor cuando facilita la ejecución de proyectos, pero se invoca una propuesta aún incierta cuando sirve para imponer obligaciones adicionales. No es una cuestión de técnica jurídica, sino de coherencia institucional y de respeto al marco europeo que España está obligada a cumplir.

El resultado es preocupante. España no solo llega tarde a la transposición, sino que lo hace de forma fragmentada, eligiendo qué partes aplicar según criterios políticos. Esta estrategia debilita la seguridad jurídica y expone al país a un riesgo real de sanciones económicas.

Ese riesgo ya no es teórico. El incumplimiento del plazo ha derivado en la apertura de un procedimiento de infracción por parte de la Comisión Europea. Si persiste la inacción, el caso podría llegar al Tribunal de Justicia de la Unión Europea, con la consiguiente imposición de multas.

No sería la primera vez. El precedente de la Directiva sobre aguas residuales urbanas es claro: España acumula más de 100 millones de euros en sanciones, con penalizaciones diarias que siguen creciendo. Es un ejemplo de lo que ocurre cuando se posponen decisiones obligatorias.

¿Puede permitirse el Gobierno repetir este escenario en el ámbito energético? La respuesta es evidente. Cada retraso tiene un coste directo para las arcas públicas, que terminan asumiendo los contribuyentes.

Además, una transposición incompleta no solo implica sanciones. También ralentiza el despliegue de renovables, dificulta la planificación empresarial y reduce la competitividad de España en un momento clave. Otros países avanzan con mayor agilidad, aprovechando las herramientas europeas. España, en cambio, parece aplicarlas solo cuando conviene.

La transición energética requiere ambición, pero también rigor. No se puede aspirar a liderarla mientras se incumplen las normas que la hacen posible ni exigir confianza al sector privado con un marco regulatorio incompleto.

El Gobierno tiene margen para rectificar. La incorporación plena de la Directiva no es una opción, sino una obligación. Persistir en una transposición parcial solo conduce a más retrasos, inseguridad jurídica y sanciones.

España no necesita una transposición a la carta. Necesita una política energética coherente, alineada con Europa y capaz de ofrecer certezas. Lo contrario no solo frena el progreso: acaba saliendo muy caro.

Fuente: ABC TU DIARIO EN ESPAÑOL