Nació en Madrid en 1998. Licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la UC3M. Entró en Diario AS como becario de Actualidad en 2020, aunque también ha pasado por las secciones de Directos y Más Deporte cubriendo algún evento de ajedrez. Desde agosto de 2022 escribe en Tikitakas.

Sigmund Freud y Romain Rolland mantenían a través de sus obras un curioso debate sobre la religión y la espiritualidad. El francés, Nobel de Literatura, sostenía que la verdadera fuente de la fe era un "sentimiento oceánico" que tenía que ver con fundirse en un todo con el universo y todo lo relacionado con él.

En su obra 'El malestar de la cultura', publicada en 1930, el padre del psicoanálisis Sigmund Freud discutía a su colega asegurando que las conexiones que una persona tenían con su entorno estaban relacionadas con una regresión a la etapa infantil. Por ello, el austriaco vinculaba la religión con la ausencia de protección paterna.

El padre es como un escudo para los niños quienes, desde su inocencia, creen que todos los problemas se pueden resolver a través de la intercesión del progenitor. Cuando el niño cumple años y se da cuenta de que no es así, vendría a inventar "un padre celestial" que nos da ese amparo una vez que la figura paterna queda algo desgastada.

"No hay necesidad en la infancia tan fuerte como la protección de un padre", escribió Freud en el primer capítulo de su obra. Para él, Dios es una especie de versión engrandecida del padre de la infancia en una dinámica muy similar a la del padre familiar cuando el sujeto está todavía lejos de la edad adulta.

Dios se convierte, por tanto, en una protección, pero también el responsable de limitar y castigar. De ahí nace la figura del 'Superyó', un concepto que hace referencia a la conciencia moral de cada individuo. Como para que Dios (el padre) nos proteja debemos obrar de buena fe, nos autorrestringimos para no perder esa ayuda divina.

Fuente: as