Ni Patones ni La Hiruela: el pequeño pueblo medieval de la sierra de Madrid conocido como el Osaka español
Visitar un pueblo es un plan que siempre parece una buena idea. Más aún en esta época en la que todo son prisas, estrés y una lista interminable de tareas pendientes. En los pueblos el tiempo lleva otro ritmo, si corres mucho te sales y si no disfrutas de lo que hay te quedas sin nada. Y en muchos de los pueblos considerados como los más bonitos de España, esto lleva siendo así más de mil años.
Y es que, si los pueblos ya nos parecen de por sí algo bucólico, idílico y hasta con un punto romántico, si son medievales todo esto sube de nivel. Aquí empezamos a utilizar palabras como escenario de cuento, lugares llenos de historia y leyendas, y con ese punto de magia que logra que recordemos batallas entre caballeros y cotilleos de princesas, es decir, que viajemos en el tiempo hacia una época que los historiadores tachan de oscura mientras que la literatura ha hecho todo lo contrario.
Para viajar a la Edad Media, imaginar su propia escena de reyes y doncellas y escuchar una interesante leyenda ante un edificio que habla por sí solo, estos son los mejores pueblos que puedes visitar.
Si alguien nos pidiera dibujar un pueblo medieval, seguramente saldría algo muy parecido a Albarracín: murallas que suben por la montaña, un castillo vigilando desde lo alto, calles estrechas donde casi se tocan las casas y una iglesia marcando el perfil del pueblo. La diferencia es que aquí nada es gris. Las fachadas rojizas, la piedra, la madera y las puertas de hierro forjado le dan un punto cálido que desmonta la idea de Edad Media oscura en cuanto pones un pie en sus calles.
El casco histórico se agarra a la ladera en forma de laberinto y lo mejor que se puede hacer es dejar el mapa para más tarde. Subir y bajar cuestas, asomarse a miradores improvisados sobre el río Guadalaviar, fijarse en balcones, escudos y aldabas y, cuando ya creas que has visto todo, seguir un poco más hasta las murallas. Arriba, con el pueblo a los pies, se entiende bien por qué esto fue una plaza complicada de tomar y también por qué hoy cuesta marcharse sin pensar en volver.
Si Albarracín se agarra a la montaña, Peratallada parece directamente tallada en ella. En pleno Empordà, a pocos kilómetros de la Costa Brava (lo que todavía le suma más puntos), a este pueblo todavía se accede tras atravesar un foso (¿hay algo más medieval?). Tras esta entrada triunfal se despliega una postal hecha en piedra y es que el nombre aquí no engaña, todo está "bien tallado" y cada arco, cada portal y cada rincón te devuelve a una época en la que las murallas no eran parte del decorado sino necesidad. Sin duda, la primavera, cuando los balcones y las calles se llenan de flores, es cuando este pequeño pueblo muestra su cara más colorida.
No hay elemento más medieval que un castillo de torres altas y, si queremos darle un giro de cuento, que sus torres estén rematadas por esa forma cónica tan característica y pintoresca. Aunque, siendo fieles a la historia, ese cerramiento fue un "invento" posterior, pero como gran parte de los castillos de su época lo acogieron con agrado, hoy resulta complicado diferenciar lo original. En cualquier caso, al de Olite, esas torres puntiagudas le otorgan esa aura de castillo de cuento que tan apetecible hace su visita.
Hoy es uno de los monumentos más reconocidos de Navarra, pero es que su época también lo fue, de hecho, fue uno de los palacios más espléndidos de la Europa de su tiempo. Hoy, parte de este castillo está convertido en Parador Nacional, pero otra sí se puede visitar y poder así conocer la que fue la residencia preferida de los reyes de Navarra allá por el siglo XV.
La visita empieza, casi siempre, por el palacio, donde es fácil imaginar desfiles, banquetes y paseos por aquellos jardines colgantes que un día tuvo. Después toca bajar al pueblo y recorrer las calles que rodean al castillo, descubrir plazas porticadas y casas de piedra con escudos en las fachadas, que recuerdan que aquí también vivieron familias nobles y comerciantes acomodados.
A pocos kilómetros de Olite, pero en otra comunidad autónoma, aparece otro de los imprescindibles en cualquier lista de pueblos medievales de libro: Sos del Rey Católico. Asentado sobre una peña, en plena comarca de las Cinco Villas y muy cerca de Navarra, fue durante siglos una atalaya fronteriza entre reinos rivales. De esa época conserva uno de los recintos amurallados más completos de Aragón, con siete portales que daban acceso al interior y que hoy siguen marcando el paso entre "fuera" y "dentro" del casco histórico.
El nombre ya anuncia cuál fue el hecho histórico más importante que ocurrió entre estas calles: el nacimiento de Fernando el Católico. Ocurrió en el palacio de Sada, donde hoy se puede visitar una exposición sobre su figura y su época. Después toca perderse entre su laberinto de calles para ir descubriendo sus encantos como la plaza de la Villa con su lonja medieval o la riqueza de sus iglesias, como la de San Esteban, que guarda uno de los mayores tesoros del pueblo: la cripta de Santa María del Perdón, cuya construcción comienza a mediados del siglo XI y donde se conservan pinturas murales góticas. Una maravilla que pasa desapercibida y que debes llevar bien apuntada.
En Sigüenza la Edad Media se aprecia nada más llegar. La ciudad creció al abrigo de una fortaleza árabe que, tras la Reconquista, pasó a manos de los obispos y acabó convirtiéndose en el castillo-palacio que hoy alberga el Parador. Desde su silueta, en lo alto, se entienden muy bien las vistas estratégicas que tanto interesaban entonces.
El otro gran imán es la catedral, una mezcla de románico y gótico con aspecto casi de fortaleza: fachada sobria, torres robustas y un interior donde, además de capillas y retablos, espera la famosa estatua del Doncel de Sigüenza, uno de los sepulcros más conocidos de España.
Su casco histórico, declarado conjunto histórico-artístico, se organiza en torno a la colina que corona el castillo de los Condes de Benavente, una fortaleza del siglo XV con torre del homenaje, patio de armas y buenas vistas sobre los tejados de pizarra del pueblo que crece a sus pies. Entre murallas y confluencia de ríos, Puebla de Sanabria fue durante siglos un lugar de paso y de defensa en la frontera con Portugal, de ahí que su casco histórico siga hoy tan delimitado.
Y lo mejor es que, a pocos kilómetros, espera el lago de Sanabria y su parque natural, un paisaje de origen glaciar que añade naturaleza a una excursión ya de por sí apetecible.
La Edad Media en la península estuvo marcada por siglos de avances y retrocesos entre reinos cristianos y Al-Ándalus. Entre los muchos personajes destacados de esta historia encontramos el de Almanzor, uno de los gobernadores islámicos más sangrientos y destructores... hasta que llegó a Calatañazor, donde fue derrotado. De ahí la frase: "En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor".
Mil años después de aquella derrota tan sonada, Calatañazor es casi una maqueta de pueblo medieval puesta sobre un cerro. Un puñado de casas de piedra y entramado de madera, tejados irregulares, cuestas empinadas y los restos de un castillo en lo más alto resumen buena parte de su encanto.
Fuente:20 minutos