El Sevilla de Almeyda se ha caído por completo. El entrenador se empeñó en perder una final ante el Valencia. La más importante del curso. Ni la compitió. Juega con el peso de una entidad como la de Nervión, con toda su historia gloriosa aún ... reluciente en sus vitrinas, aplastando a un club sin presidente, director deportivo ni, por supuesto, entrenador. Nadie se puede ir de rositas en el esperpéntico resultado que ofreció un equipo llamado a bajar este año a Segunda división. Tres puntos le distancian del peligro. Cada vez más cerca y con menos margen para la reacción. Y ya no es ese mínimo colchón con la zona que te manda al infierno, sino la sensación de equipo roto. Sin mando en el campo por culpa de un banquillo donde las ideas se han terminado. Cada vez que inventa Matías Almeyda, que quiere ofrecer algo distinto, le da un ataque de mal entrenador y el equipo se va al hoyo. Un técnico que no parece valer para un Sevilla maniatado desde todos los sectores. Los propios. El miedo se apodera de una grada que ya no soporta más vivir en el alambre. El escudo se ha manchado. Y de tanto que se han empeñado en hacerlo mal desde todos los que mandan, al final conseguirán descender a un club que fue la envidia de Europa y hoy es el hazmerreír.
Matías Almeyda, en su último partido viendo el partido desde fuera del banquillo, decidió introducir dos sorpresas en su alineación. Rubén Vargas partía de inicio en el Sevilla, relegando al canterano Oso a la suplencia. Un relevo que causó extrañeza por el buen nivel del joven lateral, al que adelantaba Suazo por detrás del extremo para ser titular. El entrenador argentino, también con Maupay como pareja de Alexis Sánchez, dejaba claro que sus ideas van por otro lado a lo que el común de los mortales piensa de las necesidades del Sevilla en la hierba. Se cargaba el juego directo para buscar combinar cerca del área. Un plan arriesgado en toda una final. También para él. Cada decisión del entrenador pesa. Con los cambios y en esos once titulares que habitualmente no entran bien a los partidos. Lo necesitaba un Sevilla nervioso ante un rival directo. Porque los resultados antes de su encuentro le encogía el corazón a cualquiera. Un drama. Los peores teloneros para un conjunto que cuando debe tener una actuación estelar casi siempre la pifia.
El Levante vencía al Oviedo y se colocaba a cinco de los sevillistas antes de los encuentros de los andaluces. Esa era su distancia con el descenso antes del inicio de la jornada. Una renta que se reducía a dos con la victoria del Elche sobre el Mallorca, quien volvía a ocupar una de las tres últimas plazas. Saber que los de atrás van ganando genera siempre una sensación de terror, de ver cómo se materializa un miedo que podía considerarse inconsciente, pero que estaba esperando a que le tocaran la puerta. El Sevilla no es que esté acostumbrado a despertarlo, sino que convive diariamente con él. Incluso lo abraza cuando debería repudiarlo. Situaciones de un club a la deriva que no tuvo otra feliz idea que condecorar a tres de sus jugadores antes del partido con Joaquín Caparrós entregando camisetas homenajes a tres hombres de la primera plantilla y a Salvador Mut, un histórico que vistió 138 veces la elástica nervionense. Pese a su emoción, todo destilaba un aspecto de decorado macabro. Ni una buena idea. No era el día ni la hora. Sólo ganando al Valencia se podía olvidar. Demasiado esperar era eso.
El Sevilla no comenzaba el partido precisamente bien. Miedo. Muchísimo. Sin capacidad para encadenar dos pases. Atenazado desde la pizarra. Almeyda había perpetrado un once sin sentido. Que no era capaz de ganar duelos ni llevar la pelota donde podía interesarle. Cero sorpresa. Todo dedicado a la inspiración de uno de sus jugadores de ataque, como un Vargas que pronto se cansó de correr y no aportar apenas nada. Y qué decir de un Alexis Sánchez sin capacidad para jugar en la élite. Un despropósito. La primera mitad terminó con el público gritando mercenarios a los futbolistas. No era para menos. Un 0-2 al descanso ante un Valencia que apenas hizo nada, simplemente aprovechar los regalos de un adversario que es una madre en su estadio, era fiel reflejo de un conjunto que se marcha a pasos agigantados hacia Segunda división. Comenzando por un entrenador con los papeles perdidos. Un once que no perpetraría ni el peor enemigo del Sevilla. Jugando a lo que no le conviene a un equipo que necesita tranquilidad, ideas simples y juego directo. Sin complicaciones. Pues Almeyda insiste en lo contrario. Una especie de 5-2-3 sin retorno por parte de dos mediocentros que no saben jugar sin compañía. Expuestos. Y tres delanteros que apenas regresan defensivamente. Un encuentro sin estar preparado en la ciudad deportiva. Con responsabilidad 100% del banquillo.
No disparó el Sevilla entre los tres palos en todo el primer periodo. Cero. Ni cerca de ello. No había quien encontrase posibilidad de disparo. Sin Akor Adams no había posibilidad de jugar directo y los sevillistas apenas podían combinar en tres cuartos. Lo intentaban sin éxito, con un Alexis que no paraba de regañar a sus compañeros cuando sus propios pases no llegaban a destino. Un total desacierto desde el banquillo en un once que tuvo que cambiar sobre la marcha por las molestias de Azpilicueta, terminando Akor Adams el primer periodo de improvisado extremo derecho, teniendo que regresar siguiendo al lateral del Valencia. Otro despropósito. El primer gol del Valencia llegaba por un mal saque de banda de Juanlu, un verdadero flan en la defensa, otro de esos canteranos que han cumplido 100 partidos por las circunstancias, no por su nivel en el Sevilla. Le viene grande la situación. Gigante. Un jugador con buenas cualidades al que le ha aplastado la presión de jugar en el Sánchez-Pizjuán.
Ese error en el saque de banda fue redoblado por un pase atrás de chiste de Alexis, que cogió Ramazani para fusilar a Vlachodimos, con Hugo Duro atento para meter la cabeza y anotar el primero. No estaba en fuera de juego. Y ahí se acabó el equipo local. Se derrumbó por completo. Porque en otra contra llegaría el segundo, en un alargue extenso por un golpe en la cabeza de Gayá, donde el Valencia cogió al rival partido, sin capacidad para regresar, como un Agoumé que volvía para atrás a ritmo de toque, y con un contragolpe que terminó con Ramazani anotando en el segundo palo libre de marca. Todo antes de un descanso al que los jugadores se marcharon con una protesta terrible. La gente está muy cabreada. Señalando a jugadores y palco, mientras el entrenador, desde donde lo estuviese viendo, debía tomar alguna decisión, aunque ya fueran todas tarde.
Porque Oso se quedó en el banquillo con la necesidad que tenía el equipo local de tener a un hombre de banda con velocidad y buen centro, ya que había colocado hasta a tres delanteros en el once. Isaac hacía de falso extremo, como en el primer tiempo lo fue Alexis. Otra vez una ficha lanzada al campo sin mirar, sin sentido. También Mendy y Carmona ingresaban en el terreno de juego. Un intento de cambiar el signo del encuentro sin éxito porque el Sevilla no era capaz de encadenar tres pases en campo rival. Ningún disparo a portería dejaban a Almeyda también a los pies de los caballos. No había ideas ni quien las ejecutase. Oso entraba con un cuarto de hora por delante. Simplemente. Sin ideas. Sin nadie a los mandos es imposible. Si no echan a Matías Almeyda es porque el club en sus entrañas está tan podrido que nadie es capaz de tomar ni media decisión. Probablemente les dé igual. El dinero que esperan ganar por la venta se difuminará y la deuda generada será impagable. La codicia les ha matado. Y un ego que no les cabía en el pecho y pensaron que echando al mejor director deportivo que un club perfil Sevilla podía desear no se iba a notar. Que todo sería igual. El Sevilla está en peligro máximo. Equipo caído. Sin mando en el banquillo ni en el palco. La Segunda división se vislumbra en el horizonte. No hay más cera que la que arde. Parón en Semana Santa. El sevillismo que rece mucho. Sólo un milagro lo salvará.
Fuente:ABC TU DIARIO EN ESPAÑOL