A Montserrat Torrent (Barcelona, 100 años) se la conoce como la dama del órgano, pero su inigualable magisterio bien merece otra distinción. Nació el 17 de abril de 1926, cuatro días antes que Isabel II de Inglaterra, lo que significa que lleva reinando en la pedalera de los templos más de siete décadas. El equivalente a 1.700 conciertos, con sus momentos de éxtasis y sus tormentos. "Un día mi vida se transformó", le cuenta la organista a una grabadora, pues su sordera le impide atender llamadas. "Escuché un coral de Bach y me quedé como caída del caballo ante una música tan sobrecogedora". Tenía entonces 12 años y vivía "entre cabritos y conejos" en Santa Coloma de Farners. "Mi familia se quedó en Barcelona hasta que cayó una bomba tan cerca que sentí la ráfaga en la cara", recuerda.

A su madre, que había sido alumna de Granados, le debe sus primeras lecciones de piano. "Me ponía una moneda de cinco céntimos sobre los nudillos y me daba un premio si acababa la pieza sin tirarla". Su prometedora carrera como pianista quedó truncada por la guerra, pero el destino le tenía reservada una sorpresa en el órgano desafinado, "casi dodecafónico", de la parroquia de Sant Esteve, que probó durante su breve exilio rural. "Supe enseguida que ese era mi sitio". Una beca del Instituto Francés le permitió estudiar con Noëlie Pierront en París. "Ya no era solo la música lo que me conmovía, sino también la manera en que el instrumento la hacía crecer". A su regreso a España, muchos órganos históricos habían sido quemados o destruidos. "Decidí que esa sería mi gran batalla: traerlos de vuelta".

A finales de los años sesenta, Torrent se propuso recuperar el órgano de inspiración barroca de Sant Felip Neri, en el barrio Gótico, a cinco minutos andando de su casa. Llamó a decenas de despachos, bregó con la indiferencia de los políticos y hasta destinó a la causa buena parte del Premio Nacional de Música que le concedieron en 2021. "Hasta hace muy poco la consideraba la gran obra inacabada de mi vida", asegura. "Hoy están por fin los tubos más graves, los que parecía imposible ubicar por falta de presupuesto", celebra. "Sus voces son redondas, plenas, ninguna punzante...". El instrumento, que lleva su nombre, lo inaugurará ella misma el 18 de mayo como parte de la abultadísima agenda de homenajes por su centenario. "Es el mejor regalo de cumpleaños con el que podría haber soñado".

Dice esto y se corrige: "En realidad creo que son demasiadas cosas", admite. "Habría preferido que mi aniversario pasara un poco inadvertido...". Se refiere a la exposición del Museu Diocesà de Barcelona con la que arrancó en marzo el Año Torrent (y a la que seguirá otra más en el Museo de la Música) y a la cincuentena de conciertos que protagonizará por toda España, como el maratón matinal que ofrecerá junto a veinte de sus discípulos en el Palau de la Música Catalana (este sábado), un recital en el Auditorio Nacional de Madrid (25 de abril) y el estreno de una obra de Carles Prat en el Palau Güell (10 de diciembre). "Doy gracias a Dios, y a los organizadores, por tanta atención", recalca. "Pero no querría que la gente pensara: otra vez esta mujer aquí, ¡como si fuera la primera en cumplir 100 años!".

Estos días Torrent se ha seguido levantando a las cinco de la mañana para estudiar, frente al pequeño órgano de su salón, las obras de Bach y Francisco Correa de Arauxo que integran el programa de la gira. "Mis vecinos no se quejan porque toco en silencio". Empezó a perder oído en 1980, tras el fortísimo tutti de la reinauguración del órgano del Palacio Nacional de Montjuïc. "El volumen me pasó factura y los medicamentos que me recetaron para una infección de riñón tampoco ayudaron". Ya antes, durante un brusco aterrizaje en Estocolmo, sufrió una perforación de tímpano. "Jamás me planteé dejar de tocar, pues tenía tan interiorizadas las obras que acabé desarrollando una técnica de escucha horizontal, rítmica, nota a nota. Si me equivoco me doy cuenta al instante: lo tengo todo grabado en mi cabeza".

En las páginas de La dama del órgano, las memorias que le escribió Albert Torrens, se recogen algunas de las muchas humillaciones que tuvo que soportar por adentrarse en un territorio casi exclusivamente masculino: los insultos, las cartas incendiarias y los rezos del rosario con que interrumpían sus ensayos. "No le guardo rencor a nadie y me gustaría que se me recordara por lo que fui: una intérprete que respetó siempre a los compositores, que no añadió una sola glosa donde ellos no la pidieron y que devolvió al mundo la música ibérica tal como fue concebida". Y un último apunte: "En mi funeral no quiero que suene el órgano. Que me despidan con canto gregoriano", redacta en un hilo de voz. "Después de eso, lo primero que haré cuando llegue al paraíso será arrodillarme ante Juan Sebastián Bach".

Fuente:EL PAÍS