Hay tardes en Sevilla que no se rompen: se desvanecen. Sin estruendo, sin escándalo, pero con ese poso de decepción que deja al aficionado mirando al ruedo en busca de una explicación que no llega. El viernes de farolillos dejó una de esas corridas: la ... de Juan Pedro Domecq, impecable de hechuras, pareja y muy en tipo, pero completamente vacía por dentro. Sin fondo, sin casta, sin bravura. Sin alma.

En ese paisaje plano emergió con fuerza la figura de Daniel Luque. Desde el primero dejó señales del momento que atraviesa. Lo paró con gusto a la verónica y, ya en la muleta, intentó alargar una embestida que se apagó demasiado pronto. No hubo transmisión, pero sí la firmeza de un torero que no se resigna. Lo intentó por ambos pitones, siempre por encima, hasta dejar una estocada eficaz que cerró su labor con dignidad. Pero lo grande llegó en el cuarto. Un toro con más genio que clase, de los que no regalan nada. Y ahí apareció el Luque más rotundo. Pisó terrenos comprometidos, mandó con autoridad y templó desde el poder. Fue una faena de imposición, de raza, de torero hecho. El epílogo, con las luquecinas, terminó de encender a la Maestranza. La estocada, rotunda. Una oreja de mérito, de las que sostienen una tarde que amenazaba con irse al vacío.

Juan Ortega transitó la tarde desde su concepto. El de querer torear despacio, templar, ordenar el tiempo de la embestida. Pero sus toros nunca le dieron ese punto necesario. Nobles, sí, pero desclasados, siempre con la cara a media altura, sin humillar ni entregarse. Ortega dejó momentos de ese toreo suyo que huele a Sevilla, especialmente en el inicio del quinto, rodilla en tierra, buscando el pulso de la plaza. Pero todo se fue diluyendo. Quedó la intención, el trazo. No el eco.

También Pablo Aguado se movió en esa frontera tan suya de la pureza. Su primero fue el único que apuntó algo distinto dentro del conjunto. Aguado lo entendió desde el capote, vibrante a la verónica, y comenzó la faena con temple y sentido. Hubo muletazos largos, naturales con poso, pero faltó ese acople definitivo que en Sevilla marca la diferencia. El sexto, ya sin alma, terminó por confirmar la decepción. Apenas algún natural suelto antes de que todo se diluyera.

Porque cuando falta el toro, todo pesa menos. Y en Sevilla, donde la emoción es ley, la nada tiene demasiado espacio. Solo Luque, con su verdad y su raza, evitó que la tarde se fuera definitivamente al olvido.

Fuente: ABC TU DIARIO EN ESPAÑOL