Hay tardes en Sevilla que se explican solas. Y otras, como la de hoy, que hay que mirarlas con justicia. Porque lo que ocurrió en la Maestranza no fue solo una corrida pasada por agua: fue una tarde en la que el cielo decidió ... intervenir. Y lo hizo a partir del cuarto toro, cuando la lluvia, primero tímida, terminó siendo un aguacero torrencial que lo descompuso todo. Hasta una oreja.
Pepe Moral ya había dejado su tarjeta en el primero. Se fue a portagayola, gesto de compromiso. Pero aquel toro de Alcurrucén no tuvo clase, ni recorrido, ni alma. Y ahí apareció el Moral más crudo: el del arrimón seco, el de meterse donde no había nada que rascar. Y, aun así, rascó derechazos largos y bellos naturales de uno en uno. Haciendo de su gesto firme faena, todo con verdad. Lo mató de una estocada rotunda, de las que pesan.
Pero lo grande vino después. En el cuarto, uno de los pocos toros con fondo de una corrida bien presentada pero desigual -- solo segundo y cuarto ofrecieron opciones -- , Moral construyó una faena de peso. Toreo largo, asentado, con sentido. Sevilla ya estaba dentro y con la música sonando. Y mientras, caía el agua. No una lluvia cualquiera: un diluvio que convirtió el ruedo en otro escenario. Se fue la firmeza del piso, se rompió el pulso, se enfrió el ambiente. Pero no se fue Moral. Siguió allí, tragando agua, descalzado con la montera calada, tirando de oficio y verdad.
Aquella oreja estaba hecha. Era suya. De las de Sevilla. Pero el aguacero lo arrastró todo. Lo mató y descabelló a la primera. Y la oreja, clara, se quedó en el camino. Se la llevó el agua. Quedó una vuelta al ruedo que supo a menos de lo que fue.
Paco Lama de Góngora firmó otra tarde de peso en su plaza. En su primero, un toro con recorrido al que toreó con largura y temple por ambos pitones, volvió a dejar ese poso de toreo clásico. Muy firme el sevillano, que sigue acumulando argumentos en el coso del Baratillo para estar en el sitio que le corresponde. Cortó una oreja tras una media estocada previa a la definitiva. El quinto, sin embargo, fue un animal sin transmisión, que apagó cualquier intento.
Fabio Jiménez cargó con el peor lote. En su primero se la jugó en un arrimón de mérito, sacando lo que no había. El sexto, como el quinto, fue un vacío sin opciones.
Pero la tarde ya tenía dueño. Aunque el marcador diga otra cosa. Porque en Sevilla, a veces, no hace falta cortar una oreja para dejarla cortada. Y hoy, la de Pepe Moral, se la llevó la lluvia.
Fuente: ABC TU DIARIO EN ESPAÑOL