Arte El Madrid de Chillida: de la escultura junto a la Castellana que el franquismo se negaba a colgar al discreto jardín del barrio de Salamanca
El secreto de esta mujer, o virtud, según se mire, fue hacerse invisible. Su éxito, la inevitable necesidad de retratar lo cotidiano. ¿A quién no le sonríe un niño cuando se asoma a su cochecito para verle la cara? ¿Cuántas veces nos quedamos mirando sin saber por qué a un pasajero adormecido en su viaje en el metro? ¿Alguien no ha echado mano al móvil, espoleado por el instinto de retratar el escorzo de esa madre que camina de la mano de sus hijos a la salida del colegio?
Escenas corrientes cuya habitud despierta los sentimientos y dan fe de lo que somos y vivimos. Niños, mujeres, trabajadores, modelos, vendedores, gente desocupada o que espera no se sabe qué, dos que se echan la siesta dominical en el parque, amantes que se aman o discuten y otra vez niños, muchos más niños, que juegan, pelean, ríen y lloran. Esto fue la vida de una mujer asombrosa. Se llamaba Helen Levitt (1913-2009) y su mundo fue ese: la ciudad y sus habitantes.
La Fundación Mapfre trae a Madrid el trabajo de esta pionera de la fotografía callejera, en la primera exposición retrospectiva, disponible hasta el 17 de mayo, realizada a partir de la totalidad de su obra y de sus archivos, solo accesibles en tiempos recientes. Cerca de 200 fotografías, algunas de ellas inéditas, de todas las etapas de su carrera, que se extendió casi siete décadas y que incluye una selección de su trabajo a color, realizado a partir de los años 50. Lo complementan el corto In the Street, codirigido por Lewitt con Janice Loeb y James Agee, y una proyección de diapositivas de la artista.
Helen Levitt nació en el Brooklyn neoyorkino de una familia ruso-judía. En un estudio del barrio trabajó como aprendiz de fotografía, lo que le permitió familiarizarse con las técnicas del octavo arte. Con apenas 21 años, gastó los ahorros en su primera cámara: una Voigtländer de segunda mano, he ahí el dato preciso para los curiosos.
No tardó en integrarse en la New York Film and Photo League, un grupo de artistas comprometidos con el cambio social, que se fundó en 1936 y que entendió las posibilidades de la imagen como instrumento reivindicativo. Allí conoció a Henri-Cartier Bresson, a quien presentó un portfolio en 1938, cuya manera de entender el instante fotográfico imprimió la agilidad e ironía que caracterizan el trabajo de la neoyorquina.
No menos importante fue la relación, profesional y personal, que mantuvo con Walker Evans. La influencia del maestro impregnó el quehacer de Levitt, que de su mano aprendió a extraer lo extraordinario de lo ordinario. A cuatro manos, ambos emprendieron su proyecto de retratos robados en el metro de Nueva York. Pasajeros que viajan a bordo de su propio mundo, ajenos a todo lo que les rodea, actitudes naturales y sin posar, sin darse cuenta de que los retrataban.
No se trata de una muestra de la maestría de estos maestros, en realidad era un truco de Evans, que Levitt utilizó desde entonces. Su secreto es un winkelsucher, un acople de 90º del visor, que permite enfocar en una dirección mientras el fotógrafo parece mirar hacia otro lado.
A partir de 1938 y durante cinco años, Levitt recorrió las calles del Lower East Side, East Bronx, Hells Kitchen, Spanish Harlem y otros barrios de inmigrantes. A este periodo pertenecen gran parte de sus fotos más extraordinarias. "Tuvo una gran habilidad para encontrar poesía y misterio en el día a día de las clases trabajadoras de Nueva York", relata Joshua Chuang, comisario de la muestra.
Desapercibida en su callejeo, nadie parece que reparó en su presencia. Ajenos a sus intenciones, la fotógrafa se entregó a un cuerpo a cuerpo con las gentes, del que brota el cautivador realismo que la caracteriza. Hombres charlando en las aceras, mujeres a la puerta de sus casas y asomadas a la ventana, críos jugando sin límites. "Veía a los niños como actores en un escenario. Los consideraba los reyes de la espontaneidad, aunque no creo que tuviera especial interés hacia ellos. Era un tiempo sin televisión ni videojuegos y los niños estaban siempre en la calle", explica Chuang.
Cazadora de la espontaneidad en lo corriente, Levitt se fijó como objetivo atrapar los trazos conmovedores de la gente de a pie. Su obra es poesía en blanco y negro que recita los pequeños instantes del día a día. Documentos de la vida misma, en apariencia banales, pero cargados de un simbolismo que admite muchas respuestas.
"Solo lo que ves", respondía Levitt cuando le preguntaban qué había querido retratar. Desvelar y esconder, el inevitable juego que provocan sus imágenes, conduce a la eternidad de los sentimientos. Las fotografías de la norteamericana nos enseñan lo que somos.
Fuente: EL MUNDO