Javier Gil (Madrid, 1985) es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y uno de los principales especialistas en España en financiarización de la vivienda, sociología urbana y políticas habitacionales, además de participar en 2017 en la fundación de los sindicatos de inquilinas de Madrid y Barcelona. Doctor en Sociología por la UNED y con trayectoria posdoctoral en el Institute for Housing and Urban Research de la Universidad de Uppsala (Suecia), su trabajo se centra en cómo los mercados inmobiliarios, los fondos globales y las políticas públicas transforman el acceso a un derecho tan básico como disponer de un hogar.
El pasado 9 de marzo, Gil publicó Generación inquilina (Capitán Swing), un ensayo que analiza por qué una parte creciente de la sociedad vive de alquiler no por elección, sino por exclusión, y cómo este fenómeno está reconfigurando la economía, la desigualdad y las expectativas de futuro. Su tesis es clara y provoca vértigo: la vivienda se ha convertido en el epicentro del nuevo capitalismo rentista y la propiedad se está transformando en la frontera que separa a quienes pueden ascender socialmente de quienes quedan atrapados en la precariedad.
Pregunta. En su libro habla de una generación inquilina. ¿Quiénes son y por qué se define así?
Respuesta. El rasgo principal es la exclusión de la vivienda en propiedad. Es población que ya no va a poder acceder a una vivienda en propiedad por sus propios medios. Esta generación nace en 2008 y tiene que ver con los grupos más jóvenes que, tras 2008, no van a poder comprar una vivienda. A medida que envejecen se consolidan como generación inquilina. El paso a la edad adulta ya no va asociado a acceder a la propiedad, y eso supone una ruptura central con etapas anteriores.
P. ¿Es 2008 el momento en el que la vivienda pasa de ser un bien de primera necesidad a un activo con el que se especula?
R. No exactamente. El primer proceso de financiarización va de los años setenta a 2008. En ese periodo, la vivienda funciona como lo que yo llamo un "activo hogar": la compras para vivir, pero también es una forma de acumulación de riqueza y de protección socioeconómica. Te beneficias de cómo evolucionan los precios.
Lo que ocurre después de 2008 es que esa función decae a favor de la vivienda como "activo renta": ya no se compra para vivir, sino como demanda no residencial, demanda de inversión especulativa para ponerla en alquiler. Ese es el cambio fundamental. Hasta 2008, los procesos de financiarización se construían sobre una sociedad de propietarios; ese modelo estalló.
P. ¿Es una anomalía o un cambio de modelo irreversible?
R. Es un cambio de modelo irreversible. Yo lo denomino un nuevo paradigma económico y político: el paradigma rentista, donde la intervención económica y política se orienta a que no bajen los precios de los activos. Esa se convierte en la regla central. Pero esto choca con el bienestar de la población.
Lo vimos tras la pandemia: el S&P 500 disparado, los precios de la vivienda creciendo incluso más rápido que en los años 2000, y mientras tanto la población con dificultades para pagar el alquiler o llegar a fin de mes. Esa es la contradicción central.
P. En el libro dice que la especulación es el motor de la economía. ¿No es exagerado?
R. Hemos llegado a un momento donde el beneficio depende cada vez menos del empleo y de producir, y cada vez más del control de activos -- una vivienda, una acción, un título de deuda -- bajo la expectativa de que sigan subiendo.
Esto solo se sostiene con dos elementos: la inyección masiva de liquidez por parte de los bancos centrales y el exceso de deuda pública desde 2008. Todo ese dinero se ha refugiado en los mercados inmobiliarios. Y, a diferencia del ciclo anterior, ya no son los hogares quienes acceden a esa financiación, sino los grandes fondos o los hogares de mayor patrimonio.
P. ¿Puede haber crecimiento económico sin que la vivienda funcione como un activo especulativo?
R. El problema es que el rentismo parasita la economía real. La economía productiva produce bienes, genera empleo y riqueza. El rentismo no produce, redistribuye riqueza ya creada.
Si los alquileres se duplican, ese dinero deja de gastarse en el comercio del barrio, en cultura o en ocio. Incluso Adam Smith, Ricardo o Keynes fueron críticos con el rentismo. Decían que la economía no podía prosperar si el rentismo intervenía.
P. ¿Los pequeños propietarios forman parte de esta lógica rentista?
R. Es una pregunta muy frecuente. La tendencia la marcan los grandes fondos. A partir de ahí se suma quien puede, muchas veces no para enriquecerse en abstracto, sino como forma de proteger a sus hijos.
La responsabilidad principal está en quienes tienen capacidad de definir el rumbo: fondos de inversión, bancos centrales y gobiernos. Pero la estructura de propiedad se está transformando: crece la concentración de propiedades y la desigualdad ya no se estructura por salarios, sino por patrimonio inmobiliario. Eso se está acelerando y rompiendo la sociedad con mucha rapidez.
P. Relaciona la crisis de vivienda con el auge de la extrema derecha. ¿Por qué?
R. Porque la crisis de vivienda es una crisis de bienestar. A los jóvenes se les dijo que si estudiaban y trabajaban tendrían una vida de clase media. Están esforzándose, trabajan, pero viven con sus padres y ven que la emancipación cae año tras año. Eso genera frustración.
Piensan: "Este sistema no me beneficia". Y cuando es la izquierda la que está gobernando mientras todo esto sucede, esa desafección se canaliza hacia la extrema derecha.
P. ¿Estamos ante el fin del sueño de la clase media?
R. La clase media estaba muy ligada a la vivienda en propiedad. España fue un laboratorio desde el franquismo: se buscó crear una sociedad de propietarios como forma de pacificación social. Ese modelo alcanzó el 85% de hogares propietarios. Y estalló en 2008.
Para las nuevas generaciones, ese modelo ya no existe. No tienen sindicatos fuertes, ni un Estado del bienestar fuerte, ni acceso a la propiedad. Los salarios actuales no pueden sostener los precios de la vivienda. Antes te comprabas una casa con el sueldo de tres años; hoy un joven necesita 14, y en Madrid o Barcelona puede necesitar 20 o más.
P. ¿Qué papel tuvo la política pública?
R. España es paradigmática. En 2012 y 2013, con la mayoría absoluta del Gobierno de Rajoy y el apoyo de la Comisión Europea y el BCE, se lleva a cabo una reforma espectacular para rescatar bancos y transformar la crisis en un nuevo ciclo especulativo.
Se reestructura el sector financiero, se crea la Sareb, se reforman las socimi, se acortan los contratos de alquiler, se elimina el derecho de tanteo y retracto, se aprueban las golden visa. Luego se venden miles de viviendas a Blackstone y Goldman Sachs por debajo incluso del coste de construcción. La entrada de estos actores reactiva el mercado inmobiliario y dispara la inversión extranjera.
P. ¿La escasez de vivienda es un mito?
R. No siempre, pero el elemento central hoy es la demanda especulativa. Hay municipios que pierden un 15% o un 20% de población y los precios suben un 40%. Eso no es escasez.
En zonas turísticas pierden población y los precios suben un 120% debido a los pisos turísticos y la inversión. Donde haya que construir, hay que construir; pero no bajo parámetros especulativos.
P. ¿Hay burbuja del alquiler?
R. Sí. Hay una gran burbuja de activos desde 2008. No es igual que la anterior porque no se articula a través de deuda hipotecaria, pero los precios están completamente desconectados de salarios y economía real.
P. ¿Y todas las burbujas acaban estallando?
R. Todas. Esta se sostiene gracias a la intervención política: tipos bajos, liquidez, regulación favorable a los especuladores. Pero el coste social es enorme.
P. ¿Habrá más conflicto social?
R. El descontento crece. Las encuestas muestran que cada vez más gente quiere que bajen los precios, que se limiten los beneficios y el número de propiedades. El sentido común está cambiando. La gente siente que esto se ha ido de las manos.
Fuente: EL PAÍS