Nacida en Cedeira (A Coruña), la joven ha vivido en varias ciudades nacionales y europeas, donde ha experimentado el choque entre la tranquilidad del pueblo y la vorágine urbana

El sonido del mar, el viento cargado de salitre y unas callejuelas de lo más pintorescas fueron el escenario en el que creció Helena López. Pasó los primeros años de su vida en Cedeira, el pueblo de Galicia que considera "el mejor sitio del mundo", recorriendo sus calles y viviendo sus costumbres con una curiosidad que no la ha abandonado. A sus 29 años, tras acabar su formación en A Coruña, se trasladó a Valencia para estudiar Bellas Artes. Durante esa etapa también pasó por otros destinos, como Dublín o Nueva York, donde probó trabajos diversos. Más tarde, volvió a la Comunitat Valenciana para realizar un máster de postproducción audiovisual.

Fue entonces cuando le surgió la oportunidad de trasladarse a Barcelona para realizar unas prácticas. Esto, junto con la posibilidad de vivir con su pareja, la llevó a empezar una nueva etapa en la capital catalana. Ahora, combina su tiempo entre su trabajo como recepcionista, sus amigos y las actividades del Centro Galego de Barcelona, donde ha encontrado una comunidad. Eso sí, aunque ha encontrado su hueco, no esconde el choque que supuso pasar de la calma de una localidad pequeña a la vida acelerada en una ciudad. Helena habla con La Vanguardia de la nostalgia de los orígenes, de cómo fue su proceso de adaptación a la vida urbana y de lo que ha aprendido en esta travesía.

¿Cómo fue crecer en un pueblo?

Una maravilla, genial. Podía vivir en plena naturaleza y estar con mis abuelos. Además, siento que en los pueblos de Galicia se intentan hacer muchas actividades para los niños, para que estén en contacto con la naturaleza y la cultura. Por ejemplo, la fiesta de Samahín es algo muy grande en Cedeira. Mi tío y otro compañero suyo fueron quienes la recuperaron en los años 90, y es algo muy enfocado a los niños. Hay mucha comunidad.

¿Por qué decidiste irte a Valencia?

Estuve buscando universidades y dudaba entre Madrid y Valencia. Al final, me decanté por Valencia porque tiene mar. En Cedeira, estábamos delante del mar y, luego, cuando nos mudamos, también. Pensar en irme a una ciudad sin mar se me hacía bola. Necesitaba saber que el mar estaba ahí.

¿Te chocó mucho pasar de vivir en un pueblo a vivir en una ciudad?

Un poco, pero acabé adaptándome. Me sorprendió el paisaje porque es bastante seco y yermo. Lo único verde son los campos de naranjos. Además, los valencianos son mediterráneos, muy cercanos. A mí me costó mucho que me trataran de 'corazón', 'cariño' o 'mi reina' cuando iba a comprar el pan, por ejemplo. Era como: "Pero ¿tú quién eres?".

¿Y en Dublín y Nueva York también tuviste este choque?

A medias. Dublín es una ciudad muy pequeña, así que no tuve tanto ese choque. Y en Nueva York estaba al norte del estado, casi más cerca de Montreal, en Canadá, y era todo monte. De hecho, me acuerdo de que pensaba que se parecía a Galicia.

Llevas un año en Barcelona. ¿Cómo ha sido la adaptación?

La vida aquí no tiene nada que ver con la de Galicia. Cuando fui en 2015 a Valencia, ya fue chocante, pero era una ciudad más pequeña. Ahora, en Barcelona, ha sido aún más exagerado. No solo por el choque cultural de algunas cosas, sino por el estilo de vida más rápido. Todo es más ajetreado. También es cierto que hay mucha oferta cultural, un muy buen transporte y siempre hay algo que hacer. También se agradece un montón la diversidad de gente que hay.

¿Por qué te uniste al Centro Galego de Barcelona?

Al ser una ciudad más grande e individualista, tuve la necesidad de buscar comunidad. Aquí es más difícil conocer a tus vecinos o que se mezclen los grupos de amigos. Incluso pueden ser muy majos en el trabajo, pero no tienen intención de invitarte a su casa o de hacer planes con sus amigos. Esto me costaba muchísimo porque en Galicia hay una hospitalidad muy grande. No sé si puede ser porque ha habido tantos emigrantes, pero allí se preocupan mucho por cuidar a otra gente.

Entonces, empecé a buscar actividades o talleres, en plan, hacer clases de pandereta o lo que fuera. Y el año pasado, justo en el Día de las Letras Gallegas, me avisó una compañera de mi trabajo anterior de que tenía una compañera, que era gallega, que iba a un acto organizado por la Asemblea Cultural Galega de Barcelona (ACGB). Al ver que sí había gente gallega, empecé a buscar más y así encontré el Centro Galego.

¿Qué papel ha jugado en tu adaptación?

Yo llevo solo unos meses, pero hay gente que lleva ahí 50 o 60 años. Para mí, personalmente, como me he sentido bastante aislada, ha significado sentirme en casa. La sensación de poder hablar mi idioma, de comentar cosas de mi cultura o hacer una actividad típica. Intentan activamente crear comunidad y creo que lo consiguen.

¿Qué has aprendido tras vivir todos estos años fuera?

Muchas cosas. Ha habido mucha evolución personal. Pero, más allá de los cambios de esta etapa, me he dado cuenta de cosas. Por ejemplo, cuando me fui de Galicia, hablaba castellano en mi día a día. Fue a raíz de estar en Valencia y ver cómo tratan el valenciano, que me dije: '¿Por qué no estoy cuidando de lo mío? ¿Por qué no estoy hablando mi idioma?'. Creo que cuando te vas fuera aprendes a apreciar mucho más lo tuyo, lo que tienes en tu casa y en tu tierra.

Entonces, ¿dirías que ha cambiado tu relación con Galicia desde que te fuiste?

Sí, sin duda. Cuando me fui con 19 años, tenía una necesidad muy grande de irme de mi casa y, además, irme súper lejos. Ahora, ya no. De hecho, ya lo he hablado con mi pareja: si en un futuro hubiera una oportunidad laboral para las dos, nos volveríamos. O cuando me jubile, pues allá que voy otra vez. Es otra calidad de vida que vas valorando con el tiempo. También tengo una sensación de más responsabilidad, de que debería volver y cuidar de lo mío.

Y, al mismo tiempo, ¿qué es lo que más echas de menos de Galicia?

Obviamente, primero la familia y los amigos. Pero, en realidad, es todo. Estar allí, simplemente estar allí. Cuando llevas tanto tiempo fuera, sientes que todo pasa sin ti. Los cumpleaños, las bodas, los entierros... Cosas importantes a las que no puedes asistir. Echo de menos hacer vida allí.

¿Qué consejo le darías a alguien que quiere salir de su tierra y viajar como lo hiciste tú?

Les diría que tengan en cuenta sus limitaciones. No solo lo que quieren estudiar, sino si es un sitio que se adapte a ellos. Yo casi me fui a Madrid y sé que lo hubiera pasado fatal. Lo he intentado estando un par de semanas allí y fue imposible. Barcelona es mi límite de ciudad grande. Que miren bien donde se van para que no se den ese golpe, pero que lo hagan. Siempre puedes volver cuando quieras. De hecho, creo que cuanto más tiempo pasas fuera, más ganas tienes de volver.

Fuente:LaVanguardia