Sevilla ya estaba en Feria. En la calle, en los farolillos encendidos, en ese pulso que convierte la ciudad en otra cosa. Dentro, sin embargo, el guion fue distinto: el de una corrida de Núñez del Cuvillo que no terminó de romper y que obligó ... a mirar más al torero que al toro. Porque cuando falta la embestida, solo queda la verdad.
Daniel Luque lo vio claro desde el principio. Aquello no iba de inspiración, sino de imponerse. Su primero, sin transmisión, sacó fondo, pedía firmeza más que estética. Y el de Gerena respondió como lo hacen los toreros hechos: metiéndose entre los pitones, tirando de valor, de raza, de autenticidad. Robó muletazos donde no los había y convirtió una faena sin cimientos en un ejercicio de peso. La oreja tuvo ese sabor de las que se ganan por convicción. En el sexto, aún más deslucido, con genio y sin clase, volvió a ponerse en el sitio que Sevilla exige: corto, firme, sin ventajas. No hubo premio, pero sí una declaración de torero completo, de los que suman cuando todo resta.
La corrida dejó ese regusto a medias: noble en algunos pasajes, pero sin el motor necesario para emocionar de verdad. En ese terreno, Alejandro Talavante fue quien mejor interpretó lo poco que ofrecieron sus toros. Su primero acabó teniendo lo que al inicio no parecía: transmisión. A base de temple, de suavidad, de entender los tiempos, lo llevó hasta ese pitón izquierdo donde llegaron los naturales más hondos de la tarde. Sonó la música y la plaza se dejó ir tras una faena macerada, bien cerrada con la espada. Oreja de peso. En el quinto, sin embargo, volvió la realidad del encierro. Talavante no se escondió: rodillas en tierra, medios, ambos pitones... lo intentó todo, pero sin materia no hay eco en Sevilla. La ovación fue para su actitud.
Más cuesta arriba caminó José María Manzanares, condicionado por un lote sin alma y por un viento constante que desbarató cualquier planteamiento. En su primero quiso construir sin encontrar respuesta. En el cuarto, con idéntico panorama, tampoco logró imponerse ni a las condiciones ni al toro. Se le vio incómodo, sin terminar de hallar el sitio ni el mando necesario para voltear la situación. Solo la espada, en ambos turnos, dejó su huella.
La corrida nunca terminó de arrancar. Faltó ese punto de raza que en Sevilla lo cambia todo. Y en ese vacío, el nombre propio fue el de Luque. Porque cuando no hay toro, el toreo se mide en otra escala. Y ahí, el de Gerena, juega en serio.
Fuente: ABC TU DIARIO EN ESPAÑOL