Todos en Madrid tenemos una calle Melancolía. Pasa con los sitios que nos vieron crecer, dolernos, derrapar o con aquellos en los que una u otra vez quisimos que no cambiaran para mantener el recuerdo intacto. Mi calle Melancolía es García de Paredes. Llevo años ... evitándola y tratando de esquivarla cuando estoy cerca. No porque no me guste, sino porque casi nada de lo que fue sigue siendo y eso me recuerda que el tiempo es peor enemigo que la memoria.
En García de Paredes tuve una infancia en la que casi nada dolía. Excepto Mantequerías Gascón y su manera de resistir a la modernidad haciendo lo mismo que siempre, todo lo demás ha cambiado. Tuve que tragarme mis propios sapos hace poco con el funeral del padre de un amigo en la parroquia de la Milagrosa. Casi me da un vuelco el corazón cuando vi a la misma dependienta de la pastelería Pareli, que junto a Gascón se han convertido en dos galias que resisten los embistes de la modernidad. Lo que nos duele, lo que hace que la calle Melancolía exista es precisamente darnos cuenta de que sigue la misma acera, los mismos portales e incluso los mismos bares, pero sin rastro de aquellos que formaron nuestros recuerdos y, al toque, nuestra memoria.
Hay calles que envejecen peor cuando intentan parecer jóvenes. García de Paredes ahora tiene ese brillo algo impostado de las zonas que han aprendido a hablar otro idioma de pronto, como sin darse cuenta. Cambian los rótulos, cambian los horarios, cambian incluso las maneras de esperar en una cola. Donde antes había una mercería hay una cafetería con taburetes incómodos y nombres en inglés escritos sobre cristal. Y sin embargo el barrio sigue fingiendo una especie de continuidad que nos deja fuera a los que fuimos suyos. Me recuerda a esos familiares mayores que un día aparecen teñidos con miedo a las canas y uno entiende que no lo hacen para gustar más, sino para negociar con el espejo y con su propia tristeza.
Lo extraño de volver no es descubrir que todo ha cambiado porque lo verdaderamente incómodo es comprobar que algunas cosas permanecen exactamente igual. Los adoquines, la fachada de una esquina, el ruido del autobús al girar hacia Martínez Campos, la humedad fría que sube desde ciertos portales en invierno o cuando descargaban el carbón en los edificios que quemaban minerales en el sótano, como fue el mío. El cuerpo recuerda antes que la cabeza y eso me devuelve a nuestra antropología animal. Uno pasa por allí y durante un segundo vuelve a medir un metro veinte, vuelve a llegar tarde al colegio, vuelve a salir de casa sin llaves porque siempre había alguien esperando arriba o porque la vecina tenía una copia y no pasaba nada.
Supongo que por eso evitamos ciertos sitios. No por tristeza, sino por la cantidad de versiones de nosotros mismos que siguen viviendo allí. En algunas calles permanece el niño que fuimos; en otras, alguien a quien ya no sabríamos defender y en casi todas, alguien que ya no está con nosotros. Y quizá la melancolía tenga menos que ver con echar de menos el pasado que con descubrir que el pasado no nos echa de menos a nosotros. La calle sigue funcionando perfectamente sin necesidad de recordarnos y de pronto somos arraigo en otra calle, en otra ciudad, en otro país.
A veces pienso que las ciudades no cambian tanto como creemos. Lo que desaparece es el turno de la gente. Madrid tiene esa crueldad, a veces elegante y otras más chulesca, de seguir adelante sin mirar atrás. Baja una persiana, muere un vecino, cambia de dueño un bar y, a la mañana siguiente, alguien sigue comprando el pan exactamente en el mismo sitio. Tal vez por eso impresiona tanto encontrar a la dependienta de Pareli detrás del mostrador. Porque durante unos segundos uno deja de sentirse extranjero en su propia vida incluso con el pasaporte lleno de sellos de los que nos han traído hasta aquí. Hasta este recuerdo. Hasta este dolor. Por eso creo que todos tenemos en Madrid una calle Melancolía. Una a la que no queremos volver no por los recuerdos que tenemos de ellas, sino porque nosotros mismos no nos reconocernos cuando volvemos a pisarlas. Y eso es lo que más miedo nos da.
Fuente: ABC TU DIARIO EN ESPAÑOL